En una de las Escuelas en las que trabajo, hoy una cartelera versaba:
En un acto de estúpida rebeldía taché con mi dedo la última palabra, corriendo la tiza; y ensayé mi peor letra para con mi yema sucia esbozar la palabra que debía reemplazar a aquella:
Soy un idiota, pero me puse de contento. Obviamente nadie me vio, la rebeldía no tiene valor alguno.