La primera tuvo lugar después de un trabajo con una historieta de Quino acerca de la televisión.
Después de trabajar muy fructíferamente el tema. Uno de mis pibes me preguntó qué cosas miraba en al tele. Le respondí sinceramente que no veía mucha televisión, pero que cuando lo hacía me enganchaba con programas políticos, algún que otro noticiero, a lo sumo alguna película y casi ninguna serie en canales de cable. Extrañado, otro alumno me cuestionó acerca de las actividades en las que incursionaba para divertirme y respondí que me gustaba leer, también es cuchar música –claro que advertí mi preferencia por música que dejara algún mensaje, alguna idea- y…
Para este momento toda la clase se había puesto a increparme y yo respondía. No recuerdo que otra cosa más habré mencionado, seguramente mi pasión por los paseos. Hasta que una de las chicas, Candela, me preguntó;
- ¿Y a la PLAY no jugás?
- No tengo PLAY- respondí.
- Pero, ¿y a la COMPU? Porque COMPU tenés, muchas tareas las hacés con la COMPU...
- Bueno, sí, con la compu juego –recordé y respondí- hay unos juegos en línea de Hotmail y me engancho con unos que hay que armar palabras en poco tiempo y…
- Pero profe vos estás todo el día pensando, no descansás nunca… -me interrumpió y me dejó pensando.
Si esta fue un tremendo cachetazo a la conciencia, la segunda fue una caricia al alma. Sobre la segunda anécdota pensé primero –de puro narcisista- y fue por ello que elegí la imagen de Libertad que está a la izquierda para redecorar el Blog.
Habíamos terminado de repasar el tema que evaluaríamos en nuestro próximo encuentro, pero a la clase le quedaban aún unos minutos. No quise empezar con nada nuevo ni hablar de nada que tenga que ver con el curso o la escuela para no alterar lo recordado hasta aquí. Entonces invité a los chicos a una siesta comunitaria. Después las risas y chanzas, todos seguíamos en iguales posiciones. Por ello, decidí tomar la vanguardia y acomodé mi cabeza entre mis cruzados brazos sobre el escritorio, aunque sin dejar de mirarlos.
- Conversemos, hasta que nos venga el sueño – dije, y muchos imitaron mi postura.
Así, en una maravillosa calma comenzamos a charlar vaya a saber uno de qué. Hasta que entonces Julián dijo una pavada -nunca pude recordar qué, y ellos tampoco-. Yo, lejos de poder y querer erigirme como autoridad, me reí. Mi risa funcionó como un permiso para que otros hagan justicia con la pavada del primero y su propio deseo, y dejaran escapar las carcajadas. Muchos se tentaron y las risas seguían evadiendo los tabiques morales de cada quien. Yo mismo empecé a tentarme y terminé por ser uno de los que más fuertemente se reía. A estas alturas el salón era una carcajada. Hasta que una nena desde el fondo me mira y me dice:
- Claro… -como anticipando que estaba respondiéndose a una pregunta que yo no conocía- vos te reís…
Su intervención me cortó la risa y la increpé:
- ¿Qué?
- No, nada, profe, disculpá –se asustó ella.
- Dale, decime, no es que me enojé ni nada, es que no entendí.
- Eso, que vos te reís. ¿No viste que los profesores nunca se ríen?
Y si, como adivinarán aquellos que me conocen bien, casi me pongo a llorar. No estoy seguro de que ella sepa lo importante que fue para mí que dijera tal cosa, que me distinguiera del resto de esta manera, que resaltara así el hecho de que yo ande desentonando con el mundo. Se ve que hacía rato andaba su inconsciente preguntando acerca de por qué le parecía que el profe de sociales era distinto; y la respuesta se le escapó como se nos venían escapando las carcajadas.
Claro que tengo problemas. Seguro que el mundo me resulta tremendamente triste, ¿cómo no va a ser triste un mundo que no le sonríe a sus pibes? Pero a mi la vida me regala estas experiencias… ¿Cómo hago para dejar de reírme, para dejar de cantar, para no seguir silbando…?
Dedicado con tremendo cariño a María Pía,
las más vieja de mis amigas y una de mis amigas más vieja.
Un mail suyo me recordó esta última anécdota y me despertó las ganas de contarla.
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las más vieja de mis amigas y una de mis amigas más vieja.
Un mail suyo me recordó esta última anécdota y me despertó las ganas de contarla.
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